Casi sin darme cuenta, ha terminado el primer cuarto del
siglo XXI y ha comenzado el nuevo año 2026. Cada año me parece más corto y la
rapidez del tiempo me asusta.
El 2025 ha sido un año de luces y sombras, de días de paz y de guerra, de noticias desgarradoras y otras que nos devuelven la fe en el ser humano. Un año de nuevo Papa.
La gran lección del 2025 llegó en silencio y sin avisar: El apagón.
En abril, nuestro país se apagó y la luz dejó de ser un
derecho invisible. No hubo notificaciones, ni enchufes, ni avisos previos, ni
relojes exactos. Durante unas horas vivimos sin electricidad, sin red y sin
prisa. El silencio ocupó el lugar de las pantallas.
El apagón nos recordó lo frágil que es todo aquello que
creemos seguro. Nos inquietamos, nos agobiamos y tuvimos miedo. Quedó claro que
no sabemos vivir en un mundo desconectado. Buscamos respuestas que no llegaban
y certezas que no existían.
Pero también ocurrieron otras cosas. Al día siguiente,
muchas historias bonitas inundaron los periódicos y las redes. Las
conversaciones regresaron a las mesas. Vecinos que no se conocían compartieron
linternas, pan y palabras. En cada barrio hubo gestos sencillos de solidaridad.
Aquella oscuridad fue una lección inesperada. Nos recordó
que dependemos demasiado de la luz exterior, que la tecnología nos conecta,
pero es la humanidad la que nos sostiene. Que el tiempo, a veces, puede y debe
caminar más despacio.
Durante unas horas, quizá, volvimos a valorar lo esencial.
La peor noticia de 2025 tiene nombre propio: Sandra.
Sandra tenía catorce años y decidió quitarse la vida. No
encontró otra salida a su dolor. Su muerte nos obliga a mirar de frente una
realidad incómoda que preferimos no ver.
El suicidio de Sandra no es el “fracaso” de un colegio, ni
la consecuencia de un expediente, ni “culpa” de protocolos. Es un fracaso
colectivo. Un fracaso como sociedad. Porque cuando una niña de catorce años
siente que vivir pesa más que la esperanza, hemos fallado todos. Y cuando hay
menores que empujan a otros hasta el límite de la soledad y el silencio, no
hablamos solo de educación, hablamos de una herida social muy profunda y sangrante.
Sandra nos deja una pregunta que no admite evasivas: ¿Qué
estamos haciendo, como adultos, como instituciones, como sociedad, para que
ningún menor sienta que desaparecer es la única salida?
2025
nos enseña que el mundo no es un lugar sencillo para vivir y nos deja la
responsabilidad de hacer juntos en el 2026 un mundo
mejor, más seguro, más justo, más bello y más humano. ¡A por el nuevo año!


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